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Notas de cuando volví a casa por una semana
En febrero volví a Buenos Aires después de seis meses, que es la mayor cantidad de tiempo que estuvimos separadas.
La vi esperándome sentada en una esquina sobre la vereda de un bar. No se paró a recibirme. Me hizo un gesto con la mano y siguió leyendo su libro sin impacientarse.
La vi refugiada a la sombra vendiéndome cerveza. La oí murmurar puteadas por el calor que largaban las baldosas. Se le acumulaban pisoteos, recibos olvidados, números de la tintorería entre las rendijas.
Me recibió una Buenos Aires arrepentida, cabizbaja. La vi asomarse desde la ventana de la calle para escuchar un sonido imposible: el llanto de mi madre.
¿Hace cuánto Buenos Aires no veía a mi madre llorar?
Mamá llorando sentada en la esquina de la cocina, justo al lado del ventilador, con las cortinas cerradas para ahuyentar el sol de las tres de la tarde.
Me pareció ver una Buenos Aires taciturna, irreconocible. Viajó callada a mi lado todo el trayecto en colectivo. Yo le pedí explicaciones. Le pregunté “¿que anduviste haciendo, cómo andan las cosas?” Me respondió monosilábica. “Bien, lo mismo de siempre.” Mientras tanto, el bondi se saltaba nuestra parada.
La noté callada, adormecida por el viento caldeado de una sobremesa de verano eterna. La vi llegar a un quinto piso agitada. La vi temblar en los brazos de mi abuela. La vi despedirse, bajar el ascensor y volver a subir para dar otro abrazo, uno mejor, uno digno de ser el último.
Vi a Buenos Aires hacer una fila de dos cuadras para comprar una hamburguesa de 15.000 pesos, 18.000 si contás la cerveza. La vi reírse sentada en una ronda en el piso húmedo de una terraza. La vi volver a su bar favorito y aliviarse. “Todo sigue igual.” Se rio conmigo a la salida, cuando le comenté que hacía más calor en la calle que adentro del boliche.
Le agradecí su paciencia por mis caprichos, por acceder a encontrarse conmigo en los horarios más incómodos solo para complacerme. Quise besarla y me contuve. Preferí no ahuyentarla. Preferí tomarla de la mano caminando por la calle. Preferí incomodarla mirándola muy de cerca. Ella me corría los ojos. Yo hubiera querido reventar mis dientes contra los suyos.
La vi achicarse a mis pies desde la ventana del avión hasta reducirse al alfiler plomizo del horizonte.
Hubiera querido arrancarle tanto más.
Cerré los ojos para recordar a mis amigas saltando al verme llegar a la distancia,
Santa Fe y Cabildo, horribles y relucientes,
esperando.
Esperando yo en un café intentando leer una página
para calmar los nervios del reencuentro.
Esperándome las calles con nombre de virreyes,
esperándome mi abuela en camisón,
esperándome un auto repleto y callado
atravesando el tráfico de la Ricchieri.
Yo rezando “por Dios, que se termine.”
Yo rezando frenada en otro auto para que un semáforo nunca cambie,
rezando para poder manotear un último rasguño antes del adiós.
Yo preguntándole a mis amigos “¿ustedes qué piensan, me ven muy cambiada?”
“Ni idea, qué sé yo, estás igual.”



